lunes, 9 de mayo de 2011

Entonces, ¿no hay olvido?


Y no podré jamás confundirme de puerta,  ya nunca equivocarme de rostro, de tranvía.
Comenzar el destino en la otra mano con una llave o un sombrero diferentes, sin recorrer la misma duda y a la misma hora, la misma calle con el mismo pie.
No entrar de nuevo al cuarto de uno, donde uno se espera y nunca sale esperando al teléfono, llamadas de una voz
que antes se escuchaba con el vientre, noticias de ojalá.
El horóscopo para ayer que no acierta tampoco y se mira crecerle los adioses en la cara,
y no hay gillette para el recuerdo
no hay jabón para lo sido lo cernido
de las ruinas de uno mismo, argamasa de la edad
como un templo donde ya no sucede nada cierto
y tantas moscas rondándome
simple muñón de ti mi antes.
Y en la mirada también queda lo sucio de estos dolores
puesto su sucio a remojar a fondo por lo menos con esto me distraigo me corrijo la vida como debió haber sido. Hago cuentas de cuánto debo irme para no estar conmigo en otra parte escondiendo analgésicas teorías, olvidando soluciones criminalmente justas, manuscritos de la tempestad, al fin y al cabo
con lo demás no hay cómo son las piedras honestas del que no fui y seguí siendo otras veces, del que quise nacerme sin mancha de pasado y si remueven un poco me verían debajo echando una lagrimita por aquello, atónitos con melanosis, santos retorcidos por la sabiduría equilibristas con espasmo y catalepsia, raquíticos hipertróficos enfisematosos lánguidos místicos agónicos esqueletos forrados de pergamino pardo, esqueletos envueltos con mosquiterodos rodillas recuerdo de otra pierna dos dientes, reliquia de la vieja religión en la mejilla.
Jorge Enrique Adoum 
De “Yo me fui con tu nombre por la tierra” 1964

martes, 1 de marzo de 2011

Cortázar y yo

Descubrimos que somos como un Axolotl "Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga.  El tiempo se siente menos si nos estamos quietos"...

martes, 15 de febrero de 2011

Concepción lacaniana del amor

Doritos y Lacan, simplemente oportunos...
El decía: hay dos formas de amar. Una primera forma posesiva, egoísta y anal; y otra segunda forma que el llamaba «el amor evanescente». El bebe nace y desarrolla un estilo propio de su edad, que consiste en este amor posesivo, pero en un momento de su desarrollo, a los 5 años de edad, se produce una transformación de su interior y él cambia y empieza amar de otra manera, deja de ser posesivo y pasa a otro tipo de amor.
El amor posesivo se caracteriza por toda conducta que muestra un niño generalmente menor de 5 años, en el cual el egoísmo y la necesidad de posesiones es lo que prima: mi pelota, mi mamá, etc. El amor posesivo, según Lacan, no puede expresar satisfacción alguna y si hay algo de satisfacción estaría ubicado únicamente en el momento de la posesión de objeto. El amor posesivo deja vacíos porque no hay despedida de los objetos, no deja recuerdos, deja agujeros que no se pueden llenar. Esto también lo encontramos en los vínculos de muchas parejas adultas o adolescentes cuando plantean frases como la siguiente, cuando una chica le cuenta a otra amiga: si mi enamorado me saca la vuelta, se murió para mí, no quiero que me llame, no quiero que aparezca; eso es el típico amor posesivo en que «te amo en la medida que estés a mi lado». Llega la etapa del complejo de Edipo a los 3 años y medio y luego aparece el amor evanescente.
(Cuando explico esto me gano protestas del público). El amor evanescente es aquel amor que se práctica profundamente sabiendo que la persona a quien amamos se puede ir en el momento que quiera, y aunque me deje esta noche, yo puedo amarlo profundamente y aceptar que tiene a libertad de irse. En la misma medida me comprometo con un amor profundo a amarlo hasta que mi corazón deje de latir, y si me interesa otra persona, ahí me retiraré y tranquilamente. El amor evanescente es aquél que se duele con los celos, y que le altera que a su pareja la mire otro, pero aunque tenga celos, acepta, admite que la persona con la quien uno está puede irse y desaparecer en cualquier momento que él desee irse, respetando la libertad y el desarrollo de esa persona.
Se supera el amor posesivo a través del triángulo edípico, donde el niño va a resolver esas pasiones amorosas de su infancia. El complejo de Edipo dura un año aproximadamente y empieza cuando el niño ingresa al Edipo siendo un perfecto narciso, un egoísta; y después de un año dependiendo de como los padres manejen esta situación el niño va a salir aceptando hermanos, aceptando que tiene que dormir en otro cuarto, aceptando que mamá no es de él sino del padre y que él va a tener que buscarse el día de mañana su pareja, su esposa y tener sus propios hijos. Esta transformación edípica es el arte de la educación de los padres. Esto lo hacen los padres a través de una enseñanza llena de afecto, pero con una ley. El niño que atraviesa un edipo adecuado será una criatura que aprende a respetar los derechos del otro, que aprende a compartir y que aprende a perder. No hay cosa más dolorosa para un niño de 4 años que perder a su madre y perderla en materia de amor, eso lo convierte en un hombre de valor.

lunes, 24 de enero de 2011

Título inspirado: Helarte de correr




Se levantó para alcanzar, del primer cajón de su armario de madera, unas medias más gruesas y sus polainas color gris. Eran las tres de la mañana y el frío se filtraba por el par de cobijas livianas que la cubrían. Sus pies estaban completamente helados y esta condición, por demás incómoda, no le permitía seguir con el sueño que había logrado dos horas antes.
El ruido de los carros que pasaban, a toda velocidad, y frenaban repentinamente sobre el asfalto mojado, confabulaban para que – aunque cerrara los ojos- no consiguiera llegar al estado del subconsciente en el que verdaderamente podía descansar. Tomó la novela que había olvidado en su mesita de noche: “La hora de la estrella de Clarice Lispector”. Intentó leer. Cinco minutos después, veía las pequeñas letras bailar.
Tun, tun, tun. -¡Naty, préstame tus zapatos!
Creyó que estaba soñando pero, al escuchar de nuevo el escandaloso grito, se convenció de que había vuelto a la realidad. Con pasos cortos, avanzó a quitarle el seguro a la puerta.
-¿Qué hora es?, le preguntó a su hermana, que apresurada tomaba los converse grises del estante donde colocaba sus zapatos, sin un orden riguroso.
-Son las 8:00 y tengo que acompañar a mi pa a la universidad.
Decidió comenzar el día. No paraba de frotar sus ojos. Presentía que, por el percance de la madrugada, estaban un poco irritados, o al menos sospechaba que por este motivo le ardían.  Bajó las escaleras, hasta el tercer piso, renegando por no tener un baño en el mismo departamento en el que dormía. Luego de realizar su rutina diaria de aseo (bañarse, untar crema humectante sobre su piel y lavarse los dientes frente al espejo cuadrado) regresó a su dormitorio.
Había pasado media hora y aún no sabía qué ropa era la más adecuada para enfrentar el día nublado, en el que el sol pugnaba con las nubes por un espacio para filtrar unos cuantos rayos de luz. Sentada al filo de la cama, mientras secaba su cabello con una toalla rosada, observó algo nuevo: el verde claro de las paredes lucía más radiante que de costumbre. Dedujo, sin pensar mucho en la respuesta, que los destellos de claridad, que se filtraban por los huecos del encaje de las doradas cortinas, creaban esa atmosfera angelical.
Una mirada panorámica bastó para desbaratar esa imagen. Las cobijas, envueltas entre sí, formaban un bulto sobre la sábana arrugada. La ropa del día anterior estaba sobre una de las cuatro sillas que custodiaban la mesa redonda, donde solía realizar sus tareas universitarias. Los poligrafiados -que había desempolvado el fin de semana para hacer su tesis-  se dispersaban como las hojas de otoño en las calles vacías. Todo era parte del innegable caos que se había desatado en su habitación.
-          ¡Qué pereza!, pensó. Algún día arreglaré este desastre.
 -¡Natalia! Era su mamá que la llamaba desde el segundo piso. – ¡Te vas a atrasar!, sentenció, sin más.
Efectivamente. Miró su reloj y faltaban 20 minutos para las 9:00.  Abrió las puertas del armario y escogió el primer vestido que vio: el verde oliva con detalles color naranja. Corrió al cuarto contiguo, el de su hermana, y buscó un saco negro con cuello de tortuga. Complementó el atuendo con sus medias de nylon negras, su chompa jean ¾ y sus botas cortas con punta en forma de triángulo, con lacito a lado.
Su mamá subió al cuarto a buscarla. Cansada, luego de subir un sinfín de escalones, tomó aire y le preguntó: - ¿No tenías que ir al taller de periodismo?
Ella asintió, sin dar detalles. Pero enseguida le cuestionó: – Ma, ¿crees que no se ve tan mal esta cartera?
La miró de pie a cabeza. – ¡No! Ya tienes muchos colores encima: Azul, negro, naranja, verde.
Mientras buscaba un bolso negro, encontró el perfecto: verde oliva.  Rápidamente, pasó todo el contenido al nuevo bolso: grabadora de voz, agenda, libro, cartucheras, llaves, ipod (Joaquín Sabina, Silvio Rodríguez y Fito Páez eran imprescindibles en sus viajes), cuaderno, billetera, monedero, uno que otro papel con direcciones y su cepillo de dientes con el respectivo dentífrico en su caja de cartón. Mientras constataba si llevaba lo necesario, su mamá, le dijo que se iba a la feria de mayoristas de San Bartolo a comprar unos pantalones de tela que necesitaba para viajar a Loja, el fin de semana.
-          Yo te llevo Ma, me voy en taxi, porque estoy atrasada.
Eran las nueve y diez de la mañana.  Cerraron la puerta principal de la vivienda. Cruzaron la calle e hicieron parar al primer taxista.
-          Buenos días. Me lleva al Diario El Comercio, por favor.
El hombre de veinte y pico de años y pequeña cicatriz en el labio superior movió la cabeza, como asintiendo. Acto seguido a esto, activó el taxímetro y metió las marchas que se requerían para llegar al lugar de destino. En la avenida Ajaví, la construcción del Boulevard – que le parecía innecesaria- detuvo un poco el tránsito. Quería llegar rápido. No solo porque estaba atrasada, sino porque pensaba en el reportaje que tenía que escribir sobre una obra de teatro infantil.
Eran las 9: 15 y estaba ya por las rieles del tren, en la parte trasera del diario. Miró los números rojos que marcaban la pequeña pantalla rectangular, casi cubierta por una franela marcada por el uso: 00. 01. 05. Sacó un dólar cincuenta del monedero turquesa (regalo de cumpleaños que le dio Caro, su amiga) y se los entregó a su mamá.
-          Aquí me deja, por favor.
Estaba en la puerta principal del Comercio. Se despidió de su madre, quien le dijo que regresara temprano.  Pasó por la puerta pequeña de vidrios oscuros. Saludó a los guardias. No la escucharon, estaban ocupados con unas llamadas. No importaba. Eran las 9:20.
Pensaba en la cara de sus compañeros cuando la vieran llegar. En la del mismo Rubén Darío. ¿Cómo explicaría su retraso?  Nada, tendría que decir la verdad. 
Tenía que llegar al centro donde se reunían. Para esto, tendría que pasar por un camino empedrado que separaba el sendero del césped del jardín. Como no había mucho tiempo, desafió los límites y se echó a correr por el césped.  Sintió en ese preciso instante como la hierba mojada traspasaba el cuero de sus botas cortas de lacito y se traducían en un doloroso helar de sus pies, comparable con el que la despertó en la madrugada a las tres de la mañana. Pensó que el frío la podía matar. No tenía armario de madera, ni medias, ni polainas de color gris.
16-17/11/ 10
PDTA. Lo terminé a las tres de la mañana. A la misma hora que el frío me despertó. Sigue igual de intenso que ayer.

domingo, 23 de enero de 2011

Reencuentro!

Hace mucho tiempo que escribo. Hoy decidí hacerlo de nuevo. La inmaterialidad del espacio eternizará las letras que se me ocurran y las irán reciclando en un registro inborrable, que me recuerde que tengo memoria y memorias si es que se me ocurre querer olvidarlo... Supongo será un provechoso reencuentro !