lunes, 24 de enero de 2011

Título inspirado: Helarte de correr




Se levantó para alcanzar, del primer cajón de su armario de madera, unas medias más gruesas y sus polainas color gris. Eran las tres de la mañana y el frío se filtraba por el par de cobijas livianas que la cubrían. Sus pies estaban completamente helados y esta condición, por demás incómoda, no le permitía seguir con el sueño que había logrado dos horas antes.
El ruido de los carros que pasaban, a toda velocidad, y frenaban repentinamente sobre el asfalto mojado, confabulaban para que – aunque cerrara los ojos- no consiguiera llegar al estado del subconsciente en el que verdaderamente podía descansar. Tomó la novela que había olvidado en su mesita de noche: “La hora de la estrella de Clarice Lispector”. Intentó leer. Cinco minutos después, veía las pequeñas letras bailar.
Tun, tun, tun. -¡Naty, préstame tus zapatos!
Creyó que estaba soñando pero, al escuchar de nuevo el escandaloso grito, se convenció de que había vuelto a la realidad. Con pasos cortos, avanzó a quitarle el seguro a la puerta.
-¿Qué hora es?, le preguntó a su hermana, que apresurada tomaba los converse grises del estante donde colocaba sus zapatos, sin un orden riguroso.
-Son las 8:00 y tengo que acompañar a mi pa a la universidad.
Decidió comenzar el día. No paraba de frotar sus ojos. Presentía que, por el percance de la madrugada, estaban un poco irritados, o al menos sospechaba que por este motivo le ardían.  Bajó las escaleras, hasta el tercer piso, renegando por no tener un baño en el mismo departamento en el que dormía. Luego de realizar su rutina diaria de aseo (bañarse, untar crema humectante sobre su piel y lavarse los dientes frente al espejo cuadrado) regresó a su dormitorio.
Había pasado media hora y aún no sabía qué ropa era la más adecuada para enfrentar el día nublado, en el que el sol pugnaba con las nubes por un espacio para filtrar unos cuantos rayos de luz. Sentada al filo de la cama, mientras secaba su cabello con una toalla rosada, observó algo nuevo: el verde claro de las paredes lucía más radiante que de costumbre. Dedujo, sin pensar mucho en la respuesta, que los destellos de claridad, que se filtraban por los huecos del encaje de las doradas cortinas, creaban esa atmosfera angelical.
Una mirada panorámica bastó para desbaratar esa imagen. Las cobijas, envueltas entre sí, formaban un bulto sobre la sábana arrugada. La ropa del día anterior estaba sobre una de las cuatro sillas que custodiaban la mesa redonda, donde solía realizar sus tareas universitarias. Los poligrafiados -que había desempolvado el fin de semana para hacer su tesis-  se dispersaban como las hojas de otoño en las calles vacías. Todo era parte del innegable caos que se había desatado en su habitación.
-          ¡Qué pereza!, pensó. Algún día arreglaré este desastre.
 -¡Natalia! Era su mamá que la llamaba desde el segundo piso. – ¡Te vas a atrasar!, sentenció, sin más.
Efectivamente. Miró su reloj y faltaban 20 minutos para las 9:00.  Abrió las puertas del armario y escogió el primer vestido que vio: el verde oliva con detalles color naranja. Corrió al cuarto contiguo, el de su hermana, y buscó un saco negro con cuello de tortuga. Complementó el atuendo con sus medias de nylon negras, su chompa jean ¾ y sus botas cortas con punta en forma de triángulo, con lacito a lado.
Su mamá subió al cuarto a buscarla. Cansada, luego de subir un sinfín de escalones, tomó aire y le preguntó: - ¿No tenías que ir al taller de periodismo?
Ella asintió, sin dar detalles. Pero enseguida le cuestionó: – Ma, ¿crees que no se ve tan mal esta cartera?
La miró de pie a cabeza. – ¡No! Ya tienes muchos colores encima: Azul, negro, naranja, verde.
Mientras buscaba un bolso negro, encontró el perfecto: verde oliva.  Rápidamente, pasó todo el contenido al nuevo bolso: grabadora de voz, agenda, libro, cartucheras, llaves, ipod (Joaquín Sabina, Silvio Rodríguez y Fito Páez eran imprescindibles en sus viajes), cuaderno, billetera, monedero, uno que otro papel con direcciones y su cepillo de dientes con el respectivo dentífrico en su caja de cartón. Mientras constataba si llevaba lo necesario, su mamá, le dijo que se iba a la feria de mayoristas de San Bartolo a comprar unos pantalones de tela que necesitaba para viajar a Loja, el fin de semana.
-          Yo te llevo Ma, me voy en taxi, porque estoy atrasada.
Eran las nueve y diez de la mañana.  Cerraron la puerta principal de la vivienda. Cruzaron la calle e hicieron parar al primer taxista.
-          Buenos días. Me lleva al Diario El Comercio, por favor.
El hombre de veinte y pico de años y pequeña cicatriz en el labio superior movió la cabeza, como asintiendo. Acto seguido a esto, activó el taxímetro y metió las marchas que se requerían para llegar al lugar de destino. En la avenida Ajaví, la construcción del Boulevard – que le parecía innecesaria- detuvo un poco el tránsito. Quería llegar rápido. No solo porque estaba atrasada, sino porque pensaba en el reportaje que tenía que escribir sobre una obra de teatro infantil.
Eran las 9: 15 y estaba ya por las rieles del tren, en la parte trasera del diario. Miró los números rojos que marcaban la pequeña pantalla rectangular, casi cubierta por una franela marcada por el uso: 00. 01. 05. Sacó un dólar cincuenta del monedero turquesa (regalo de cumpleaños que le dio Caro, su amiga) y se los entregó a su mamá.
-          Aquí me deja, por favor.
Estaba en la puerta principal del Comercio. Se despidió de su madre, quien le dijo que regresara temprano.  Pasó por la puerta pequeña de vidrios oscuros. Saludó a los guardias. No la escucharon, estaban ocupados con unas llamadas. No importaba. Eran las 9:20.
Pensaba en la cara de sus compañeros cuando la vieran llegar. En la del mismo Rubén Darío. ¿Cómo explicaría su retraso?  Nada, tendría que decir la verdad. 
Tenía que llegar al centro donde se reunían. Para esto, tendría que pasar por un camino empedrado que separaba el sendero del césped del jardín. Como no había mucho tiempo, desafió los límites y se echó a correr por el césped.  Sintió en ese preciso instante como la hierba mojada traspasaba el cuero de sus botas cortas de lacito y se traducían en un doloroso helar de sus pies, comparable con el que la despertó en la madrugada a las tres de la mañana. Pensó que el frío la podía matar. No tenía armario de madera, ni medias, ni polainas de color gris.
16-17/11/ 10
PDTA. Lo terminé a las tres de la mañana. A la misma hora que el frío me despertó. Sigue igual de intenso que ayer.

domingo, 23 de enero de 2011

Reencuentro!

Hace mucho tiempo que escribo. Hoy decidí hacerlo de nuevo. La inmaterialidad del espacio eternizará las letras que se me ocurran y las irán reciclando en un registro inborrable, que me recuerde que tengo memoria y memorias si es que se me ocurre querer olvidarlo... Supongo será un provechoso reencuentro !