lunes, 9 de mayo de 2011

Entonces, ¿no hay olvido?


Y no podré jamás confundirme de puerta,  ya nunca equivocarme de rostro, de tranvía.
Comenzar el destino en la otra mano con una llave o un sombrero diferentes, sin recorrer la misma duda y a la misma hora, la misma calle con el mismo pie.
No entrar de nuevo al cuarto de uno, donde uno se espera y nunca sale esperando al teléfono, llamadas de una voz
que antes se escuchaba con el vientre, noticias de ojalá.
El horóscopo para ayer que no acierta tampoco y se mira crecerle los adioses en la cara,
y no hay gillette para el recuerdo
no hay jabón para lo sido lo cernido
de las ruinas de uno mismo, argamasa de la edad
como un templo donde ya no sucede nada cierto
y tantas moscas rondándome
simple muñón de ti mi antes.
Y en la mirada también queda lo sucio de estos dolores
puesto su sucio a remojar a fondo por lo menos con esto me distraigo me corrijo la vida como debió haber sido. Hago cuentas de cuánto debo irme para no estar conmigo en otra parte escondiendo analgésicas teorías, olvidando soluciones criminalmente justas, manuscritos de la tempestad, al fin y al cabo
con lo demás no hay cómo son las piedras honestas del que no fui y seguí siendo otras veces, del que quise nacerme sin mancha de pasado y si remueven un poco me verían debajo echando una lagrimita por aquello, atónitos con melanosis, santos retorcidos por la sabiduría equilibristas con espasmo y catalepsia, raquíticos hipertróficos enfisematosos lánguidos místicos agónicos esqueletos forrados de pergamino pardo, esqueletos envueltos con mosquiterodos rodillas recuerdo de otra pierna dos dientes, reliquia de la vieja religión en la mejilla.
Jorge Enrique Adoum 
De “Yo me fui con tu nombre por la tierra” 1964